miércoles, 28 de julio de 2010

EL HADA Y LA SOMBRA, por Samantha Martínez (411)

Hace mucho, mucho tiempo, antes de que los hombres y sus ciudades llenaran la tierra, antes incluso de que muchas cosas tuvieran un nombre, existía un lugar misterioso custodiado por el hada del lago. Justa y generosa, todos sus vasallos siempre estaban dispuestos a servirle. Y cuando unos malvados seres amenazaron el lago y sus bosques, muchos se unieron al hada cuando les pidió que la acompañaran en un peligroso viaje a través de ríos, pantanos y desiertos en busca de la Piedra de Cristal, la única salvación posible para todos.


El hada advirtió de los peligros y dificultades, de lo difícil que sería aguantar todo el viaje, pero ninguno se asustó. Todos prometieron acompañarla hasta donde hiciera falta, y aquel mismo día, el hada y sus 50 más leales vasallos comenzaron el viaje. El camino fue aún más terrible y duro que lo había anunciado el hada. Se enfrentaron a bestias terribles, caminaron día y noche y vagaron perdidos por el desierto sufriendo el hambre y la sed. Ante tantas adversidades muchos se desanimaron y terminaron por abandonar el viaje a medio camino, hasta que sólo quedó uno, llamado Sombra. No era el más valiente, ni el mejor luchador, ni siquiera el más listo o divertido, pero continuó junto al hada hasta el final. Cuando ésta le preguntaba que por qué no abandonaba como los demás, Sombra respondía siempre lo mismo "Os dije que os acompañaría a pesar de las dificultades, y éso es lo que hago. No voy a dar media vuelta sólo porque haya sido verdad que iba a ser duro".

Gracias a su leal Sombra pudo el hada por fin encontrar la Piedra de Cristal, pero el monstruoso Guardián de la piedra no estaba dispuesto a entregársela. Entonces Sombra, en un último gesto de lealtad, se ofreció a cambio de la piedra quedándose al servicio del Guardián por el resto de sus días...

La poderosa magia de la Piedra de Cristal permitió al hada regresar al lago y expulsar a los seres malvados, pero cada noche lloraba la ausencia de su fiel Sombra, pues de aquel firme y generoso compromiso surgió un amor más fuerte que ningún otro. Y en su recuerdo, queriendo mostrar a todos el valor de la lealtad y el compromiso, regaló a cada ser de la tierra su propia sombra durante el día; pero al llegar la noche, todas las sombras acuden el lago, donde consuelan y acompañan a su triste hada.

LA MONEDA MILAGROSA, por David Hernández (411)

Hubo una vez un hombre bondadoso y rico que tenía 100 años de edad y como ya se sentía muy cansado pensó dejar a cargo de sus cosas a alguna persona inteligente y honesta. Meditando un día su decisión y las ganas que tenía de no equivocarse en ello, un buen amigo le dio un consejo:


La próxima vez que vendas algo, cuando des el cambio, entrega como por descuido la moneda del menor valor. Aquel que te la devuelva sabrás que es honrado.

El hombre rico agradeció el consejo, y pensando que era una buena idea y sencilla de realizar, decidió ponerla en práctica. Lo que no contaba era que uno de los presentes, un vecino que le envidiaba enormemente, contrató a una bruja, a quien le encargó encantar las monedas que poseía el anciano para que cualquiera que las mirara, viera en ella aquello que más quisiera en el mundo. Confiaba en que nadie devolviera la moneda y el viejo se llegara a desesperar, y entonces dejaría a un sobrino suyo administrar todos sus negocios.

Todo resultó según lo planeado, y ni uno solo de los que hablaron con el anciano fue capaz de devolver la triste moneda. Casi rendido en su intento por encontrar a alguien honrado, su envidioso vecino aprovechó para enviar al sobrino advirtiéndole que devolviera la moneda. El sobrino fue decidido a hacerlo, pero al ver la moneda, vio en ella las posesiones preciadas de su tío, y creyendo que todo lo que le había contado era un engaño, se marchó con su inútil moneda y su avaricia.

El anciano, deprimido y enfermo, decidió llamar a sus sirvientes antes de morir, y les entregó algunos bienes para que pudieran vivir libremente cuando él no estuviera. Entre ellos se encontraba uno muy joven aún, al que entregó una de aquellas pequeñas monedas por error. El joven, puro de corazón, vio en lugar de la moneda una poderosa medicina que curaría al pobre señor, pues aquello era lo que más quería en el mundo, y según la vio, entregó la moneda de nuevo diciendo:

"tome, señor, esto es para usted; seguro que con esto se sentirá bien".

Y cuál fue el caso, que aquella simple moneda actuó como una cura, pues el anciano brincó de alegría al haber encontrado por fin alguien honrado, y le llenaba de gozo comprobar que siempre había estado en su propia casa. Y entonces, el joven sirviente pasó a administrar con gran justicia, generosidad y honradez todos los bienes del señor.

FIN

EL PEQUEÑO CAZADOR, por Alejandro Angelino (411)

En una lejana aldea rodeada de un bosque profundo y desconocido para la mayoría de los habitantes, Patrick, un valiente cazador de a penas diez años, sobresalía de los demás pequeños por su tan positiva actitud y su excelente fama de cazador. Cada viernes, como era la costumbre familiar, salía con su padre a cazar animales para comer el resto de la semana. Su padre, un hombre eminentemente estricto pero realmente justo, intentaba educar a su hijo de la manera que él creía más conveniente, esto es, a través de duras lecciones, de estrictas recomendaciones y de buenos regaños. Patrick, en cierta medida, cansado por tan estricta educación, pues para ser un chico de diez años, lo último que quería era aprender de la vida, para enfocarse al juego y la diversión como todos los chicos de su edad. A la hora de cazar, ambos, padre e hijo, usaban cascos para protegerse durante el recorrido, ya que si algo salía mal, el casco les protegía en buena medida. El viernes que Patrick aprendió su lección más grande para la vida, no fue un viernes normal, fue un día duro para el pequeño que sin embargo enfrentó como un verdadero cazador. Resulta que Patrick quería quedarse a jugar con sus amigos y por ese día no pretendía salir a casar con su padre. Ya reunido con el resto de los chicos, a Patrick se le ocurre la tan mala idea de recomendar un juego nuevo que según él había inventado. Seleccionó a un niño de complexión similar a la de él, le puso el casco de cazador y lo envió donde estaba su padre esperándolo para la caza y ya Patrick había recomendado a su amigo que hiciera lo que el adulto le recomendara. El pequeño confundido, no obstante, aceptó participar en tan raro juego. Pasadas un par de horas, Patrick recordó su primera experiencia como cazador y sabía que alguien sin pericia que fungiera como cazador podría salir gravemente herido. En ese momento vinieron a su mente las lecciones sobre la honestidad que su padre le mostró y Patrick supo que su amigo corría peligro y que el mismo Patrick había sido quien le había colocado en tan tremenda situación. Corrió tan rápido como pudo para llegar a donde él suponía estarían su padre y su amigo. Su sorpresa fue que ellos, padre y amigo, jamás se habían adentrado al bosque porque el padre de nuestro pequeño cazador sabía que Patrick no permitiría que algo malo le sucediera a su amigo. Patrick confesó todo y disculpándose con ambos prometió siempre actuar con honestidad y con todos los principios que su padre le había inculcado.

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